A finales del siglo diecinueve, el Paseo de Gracia bullía de transformación. Tres familias burguesas, enriquecidas con la industria y el comercio, decidieron reformar sus casas en un mismo tramo. Querían destacar, sorprender, dejar huella. Y para lograrlo recurrieron a los arquitectos más innovadores del momento.
Antoni Amatller confió en Josep Puig i Cadafalch, que le regaló una fachada inspirada en palacios góticos y flamencos. Poco después, la familia Lleó i Morera encargó a Lluís Domènech i Montaner un proyecto que convirtió su casa en un jardín de piedra, con flores, mosaicos y vidrieras. Finalmente, los Batlló llamaron a Antoni Gaudí, que sorprendió con una fachada ondulante, cubierta de trencadís y coronada por el lomo de un dragón.
Pero la verdadera batalla no era entre los maestros, sino entre sus clientes. Cada fachada era una tarjeta de presentación, una manera de proclamar riqueza e identidad. Los arquitectos, con su genio, daban forma a aquella competición de egos.
Los barceloneses miraban aquellas casas con fascinación e ironía. Las revistas satíricas se burlaban de ellas, como si las fachadas discutieran entre sí. Y así nació el sobrenombre de Manzana de la Discordia, símbolo de un tiempo en que la arquitectura se convirtió en lenguaje de poder y vanidad.
El nombre de Manzana de la Discordia se popularizó a principios del siglo veinte para referirse al tramo del Paseo de Gracia donde se encontraban las casas Amatller, Lleó i Morera y Batlló. El término evocaba la manzana de la discordia de la mitología griega y aludía a la proximidad de edificios de estilos radicalmente distintos. La sociedad barcelonesa vio allí una rivalidad abierta, pero la historiografía actual matiza esta percepción.
En realidad, la competición fue sobre todo una disputa de egos burgueses: los Amatller, los Lleó i Morera y los Batlló querían destacar socialmente y proyectar poder y modernidad. Los arquitectos dieron forma a este deseo, convirtiendo las fachadas en auténticos manifiestos. La prensa satírica de la época, como L’Esquella de la Torratxa, caricaturaba aquellos excesos y alimentaba la idea de que las fachadas rivalizaban entre sí.
En cuanto a los arquitectos, las relaciones personales no fueron tan conflictivas como sugería la percepción pública. Gaudí y Domènech i Montaner mantenían una relación cordial y de respeto; Gaudí incluso asistió al funeral de Domènech en mil novecientos veintitrés. Puig i Cadafalch y Domènech, en cambio, sí tuvieron desacuerdos documentados, sobre todo políticos y académicos, relacionados con la Escuela de Arquitectura y el estudio del arte románico.
Así pues, la discordia del Paseo de Gracia fue más un reflejo de la rivalidad entre familias y de la caricatura ciudadana que una enemistad real entre los maestros. Hoy, esta “discordia” se lee como expresión de una Barcelona en transformación, donde la arquitectura se convirtió en lenguaje de poder y símbolo de modernidad.
Referencias (APA7)
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Fontbona, F. (2007). El Modernisme a Catalunya. Barcelona: Lunwerg.
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Permanyer, L. (2001). Passeig de Gràcia. Barcelona: Ajuntament de Barcelona.
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L’Esquella de la Torratxa (1905). Viñetas satíricas sobre la arquitectura modernista.
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Wikipedia. (s. f.). Illa de la Discòrdia. Recuperado de https://ca.wikipedia.org/wiki/Illa_de_la_Disc%C3%B2rdia